La microbiota, un aliado de la salud que debemos cuidar
Dr. Rafael Valdés
Investigador principal del grupo de Microbioma y Fisiología Clínica del Cima Universidad de Navarra.
En la última década la microbiota ha pasado de ser un concepto presente únicamente en artículos científicos de revistas especializadas a protagonizar las conversaciones de las sobremesas de nuestro país. Entendida como el conjunto de microorganismos que viven en nuestro organismo, la sociedad occidental ha comprendido el papel tan relevante que desempeña en nuestra salud y en el desarrollo de patologías asociadas con el envejecimiento o relacionadas con el tracto intestinal, como la colitis ulcerosa, la enfermedad de Crohn, cáncer colorrectal o el SIBO (sobrecrecimiento bacteriano).
No son pocos los estudios actuales que relacionan la microbiota intestinal con la alimentación, los hábitos de vida y, cada vez más, con funciones aparentemente alejadas del intestino, como la memoria o la salud cerebral. Hace unas semanas, la revista científica Nature publicó un estudio en ratones que sugiere que los cambios en la microbiota intestinal durante el envejecimiento pueden contribuir al deterioro cognitivo. Los investigadores observaron que ciertas bacterias intestinales, entre ellas Parabacteroides goldsteinii, aumentaban con la edad y producían metabolitos capaces de alterar la comunicación entre el intestino y el cerebro. Aunque los resultados aún no pueden trasladarse directamente a humanos, el trabajo refuerza una idea cada vez más presente en la investigación biomédica: cuidar el intestino podría ser también una forma de proteger el cerebro durante el envejecimiento.
No es un estudio aislado. Recientemente se ha puesto en entredicho el beneficio de los probióticos en la recuperación de la microbiota tras la ingesta de antibióticos. Estudios recientes han confirmado que su consumo no sólo no resulta beneficioso sino que podría ralentizar la recuperación intestinal. En estos trabajos comparamos tres escenarios: la recuperación espontánea, el trasplante de microbiota sana del mismo individuo y el uso de probióticos. Y vimos que los probióticos retrasaban de forma notable la recuperación de la microbiota original. Por el contrario, la opción más eficaz era el trasplante de microbiota propia. Consiste en la recogida de microorganismos intestinales de una muestra fecal sana y en su preparación para implantarlos cuando la microbiota está alterada. Sin duda, es una de las estrategias más eficaces que conocemos a día de hoy para acelerar la recuperación de la microbiota, por delante de la recuperación espontánea y del uso de probióticos.
Otro ejemplo de esta nueva forma de entender la microbiota procede del campo del cáncer colorrectal. En un trabajo publicado en la revista Neoplasia, estudiamos cómo algunas bacterias intestinales no solo conviven con nosotros, sino que también pueden dejar una huella molecular en nuestras células. En concreto, ciertas cepas de Escherichia coli son capaces de producir colibactina, una toxina bacteriana que daña el ADN de las células del colon. Este daño puede actuar como una especie de “cicatriz” molecular que, con el tiempo, favorece la acumulación de mutaciones y contribuye al desarrollo o la progresión de tumores. El estudio sugiere que la microbiota no debe entenderse solo como un acompañante pasivo de la enfermedad, sino como un factor que, en determinados contextos, puede influir en cómo se inicia o evoluciona un tumor.
La ciencia es una disciplina en constante actualización y ya se está empezando a explorar una idea que hace pocos años parecía casi futurista: tratar enfermedades modulando bacterias concretas de la microbiota, sin alterar todo el ecosistema intestinal. En un estudio publicado en Cell, desarrollamos una combinación de bacteriófagos, virus naturales que infectan bacterias, diseñada para atacar de forma selectiva cepas de Klebsiella pneumoniae asociadas a la enfermedad inflamatoria intestinal. A diferencia de los antibióticos, que pueden actuar de forma más indiscriminada, los fagos permiten imaginar terapias mucho más precisas, capaces de reducir bacterias perjudiciales respetando el resto de la microbiota. Aunque todavía queda camino para trasladar estas estrategias a la práctica clínica, este trabajo abre la puerta a una medicina de precisión basada en corregir desequilibrios concretos del ecosistema intestinal.
Con motivo del Día Mundial de la Microbiota, recordemos que la microbiota saludable es signo de una vida saludable. Es, sin duda, un aliado que debemos cuidar.