El Nobel de Química y la precisión que exige un medicamento

Dr. Antonio Pineda-Lucena
Director del Grupo de Química Médica y director científico del Cima

La concesión del Premio Nobel de Química de 2026 a Henri B. Kagan y Kenso Soai reconoce descubrimientos que permiten comprender cómo una reacción química puede favorecer y amplificar la formación de una determinada variante molecular. Sus trabajos sobre los efectos no lineales y la autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica tienen una conexión con una cuestión esencial en farmacología: dos moléculas con la misma composición pueden comportarse de forma diferente en el organismo.

Para entenderlo, basta pensar en nuestras manos. Son imágenes especulares, pero no pueden superponerse. Muchas moléculas presentan esa misma propiedad, denominada quiralidad, y existen en dos formas llamadas enantiómeros. Las proteínas del organismo también tienen una estructura tridimensional definida y pueden reconocer de manera distinta cada una de ellas. Por tanto, conocer la fórmula química de un medicamento no es suficiente: también importa cómo se disponen sus átomos en el espacio.

La naturaleza ofrece un ejemplo sencillo: la carvona, una molécula que contribuye al aroma de distintas plantas. Una de sus formas tiene el olor característico de la hierbabuena; su imagen especular huele a alcaravea, una especia utilizada en panes y otros alimentos. Ambas tienen los mismos átomos y los mismos enlaces, pero su disposición espacial hace que activen de forma diferente nuestros receptores olfativos. La nariz puede distinguir lo que una fórmula química no muestra. Este mismo principio resulta importante en farmacología: las proteínas pueden reconocer de manera distinta dos formas especulares de una molécula y responder a ellas con efectos diferentes.

El reto químico consiste en obtener preferentemente una de esas formas. Kagan demostró que, en determinadas reacciones, una pequeña diferencia en la composición enantiomérica de un catalizador podía traducirse en una diferencia mayor en el producto. Soai identificó una reacción en la que el producto favorecía su propia formación, amplificando el predominio de uno de los enantiómeros. Estos descubrimientos ampliaron la comprensión de cómo puede surgir una marcada asimetría molecular, una cuestión relevante tanto para la química de la vida como para el diseño de procesos de síntesis.

En farmacología, las consecuencias de la quiralidad pueden ir mucho más allá de una diferencia de aroma. Los enantiómeros de un compuesto pueden presentar distinta actividad, distribuirse o metabolizarse de manera diferente y producir efectos adversos distintos. No existe una regla según la cual una forma sea siempre beneficiosa y la otra perjudicial. Lo que existe es la necesidad de identificar ambas y estudiar sus propiedades antes de atribuir seguridad o eficacia a una molécula.

La talidomida es probablemente el ejemplo más conocido. Comercializada como sedante y utilizada durante el embarazo, provocó graves malformaciones congénitas en miles de niños. Su historia suele resumirse afirmando que una de sus formas era terapéutica y la otra tóxica. Sin embargo, esa explicación es incompleta: los dos enantiómeros se transforman uno en otro en el organismo humano. Administrar únicamente una de las formas no habría eliminado por sí solo el riesgo. Así lo demostraron estudios que analizaron su comportamiento en personas.

Este caso permite precisar la relación entre el Nobel y el desarrollo de medicamentos. Obtener una forma molecular concreta es fundamental, pero también hay que comprobar qué sucede con ella una vez administrada. El control de la síntesis y el conocimiento de su comportamiento biológico son complementarios. Una preparación químicamente bien definida permite evaluar sus propiedades con rigor; no garantiza, por sí sola, que sea un tratamiento seguro.

La carvona y la talidomida no son aplicaciones directas de las reacciones premiadas. Ilustran por qué importa el problema que abordaron Kagan y Soai. Sus descubrimientos muestran cómo una preferencia molecular puede amplificarse hasta generar un gran predominio de una forma sobre la otra. Para la farmacología, comprender y controlar esa asimetría significa trabajar con mayor precisión sobre una característica que puede determinar la actividad y la seguridad de un medicamento. Ese es uno de los motivos por los que un avance fundamental en química merece también atención desde la medicina.